miércoles, 6 de julio de 2011

Silencio

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Despertó con un fuerte dolor de cabeza, realmente sentía el malestar en su cerebro. Se levantó lentamente vacilando cada movimiento. Trató de afirmarse de la muralla, más resbaló su mano ensangrentada. ¿Ensangrentada?. ¿De donde salió sangre?. Caminó oscilante hacia el baño y se miró al espejo. Su rostro estaba algo ido pero con ningún rastro de sangre. Tan sólo un moretón en la mejilla, acercó su mano al moretón y aulló de dolor. Al secar las lágrimas que recorrián su rostro, comenzó a buscar el origen de la sangre. ¿Cómo era posible que no se acordará?. El que siempre recordaba cada segundo de su vida. El que desde niño poseía ese don, y a la vez maldición, de recordar todo. El cual era admirado por ser el mejor estudiante de la región (claro pues recordaba todo).


Recordaba desde que abrió los ojos por primera vez, luego del parto. Sus ojos color miel, esos mismos que muchos admiraban, sin tener nada de especial (o eso pensaba él). Pero si que tenían algo especial, a través de ellos te perdías en los recuerdos y podías ir mucho más allá, a un lugar ameno y dónde se unía todo en un sólo ser. Conexión espíritual, eso era.


El médico a su corta edad de 6 años le diagnosticó “Memoria Fotográfica” y un severo Autismo. Sólo su madre era su conexión con el mundo. Ella siempre le contaba acerca de aventuras creadas para animarlo a salir, más él nunca pudo siquiera intentarlo.


Todo fue bueno para él. Todo excepto Rodrigo. Rodrigo era despreciable en realidad. Un lobo vestido de oveja. Una aberración. Rodrigo era su padrastro. Nunca le quiso y tampoco él le tuvo afecto. Su madre era lo único para él, Rodrigo no servía, no importaba, era un inútil.


La sangre ¿ De donde viene?, se preguntaba mientras veía autómaticamente el reloj de muro. Eran las 9, debía ir a comprar. Se labó las manos. Caminó hacia la puerta. Observó cada rincón, las flores de su madre le saludaban llevadas por el viento. Unas hojas de otoño se le acercarón también, que crujientes y bellas eran. Observó una poza en la vereda y su reflejo era destacable. Era todo tal y como recordaba, pero había un detalle que no le dejaba ser un día normal, ¿De dónde venía la sangre?.


Al llegar a la estación de Metro fue a cargar su tarjeta en la máquina de carga con billetes, pues su autismo no lo dejaba siquiera hablar con el cajero de boleteria. Pago su pasaje y subió las escaleras conectado a sus audífonos, más no escuchó nada tan sólo su mente forzando a recordar de dónde provenía esa sangre. Era ilógico que no recordará, iba en contra de su naturaleza. No era posible. Trató de recordar en vano, pues se formó una laguna mental con ese recuerdo.


Compró lo necesario: un pan de pizza, queso, jamonada, tomate y demás. Pagó con tarjeta y asentiá sólo con la cabeza las preguntas del cajero. Al salir, vió una joven hermosa. Sintió algo que nunca había sentido antes: un amor prohíbido.¿Por qué prohíbido? Pensaran ustedes lectores, es tan simple como recordar su Autismo. Tenía el pelo colorín amarrado con una cinta colro índigo. Unos ojos verdes y almendrados, adornados por unas pestañas largísimas. Su piel era blanca y suave, como si fuese la porcelana más fina. Su escultura era digna de hacer devoción. Estaba conectada por audífonos a su música.


Luego él vió que se alejaba por el paso de cebra. Tuvo un impulso de acercarsele, más no pudo. En eso se percató que un auto se acercaba.


Joaquín vivía en las Condes, tenía 3 hermosas hijas y un esposa con ganas de divorciarse. Él amaba a su esposa y daba su vida por sus hijas. En la mañana su esposa le anunció algo terrible, comenzó a hacer los trámites de divorcio. Enseguecido por el horror, golpeó la cara de su esposa y tomó a sus hijas de la mano. Salió por la puerta. Entró al auto con sus hijas rápidamente y condujó, quién sabe hacia dónde. Su esposa no alcanzó a incorporarse para detenerlo. Ingresó nuevamente a su casa y llamó a la policía. Joaquín aceleró más de lo que debía, al grado de casi chocar con una casa en una esquina. Confiado por su hazaña no se percató de una joven que cruzaba por un paso de zebra.

Pasó a rozar a la joven y chocó con el poste. Sus hijas no tenían puesto el cinturón de seguridad. El resto, señor lector ya se lo imaginarán. Sobre la joven, se golpeó la cabeza en la acera de la calle, produciendo un derrame cerebral.


Él con horror se acercó hacia el espectáculo. Joaquín lloraba desconsolado sobre los cuerpos sin vida de sus hijas mientras un policia trataba de calmarlo y sacarlo de los cuerpos y otro traía los implementos para tapar los cuerpos y demarcar la escena.

Otro policia tomaba a la joven inconciente mientras el cuarto preguntaba por algun testigo. Él quiso hablar, agarró una valentía única y tocó la espalda del policia. Tarareo intentando hablar pero nada salía. El policia ya enojado le hizo alejarse.


Caminó de vuelta a su casa, caían lágrimas sobre sus hombros y sollozaba como si hubiese perdido alguien querido. La gente que pasaba por su lado, lo miraba y a él ya no le importaba. Seguía su camino. Entró al jardín con un dolor en el pecho. Se sentó en la banca en su jardín. Al calmarse, comenzó de nuevo a estar ido, con la mente en otro lado. Cuando se dignó a ingresar a su casa, se limpió las lágrimas. Fue a buscar consuelo en su madre. Su madre estaba llorando en la cama. Soltó las bolsas de compras y se acercó preocupado. Le miró con cara de desesperación. Su madre le abrazó y le preguntó si recordaba lo que había sucedido. Él extrañado negó con la cabeza. Luego su madre lo llevó a la cocina y encontraron el cuerpo sin vida de Rodrigo. Él miró con cara de pregunta y ella asintió, le dió un beso en la frente y le abrazó.

Señor lector, creemos que haríamos lo que fuera por nuestros seres queridos ahí está la prueba. Yo sólo narró lo que sucedió.


lunes, 27 de junio de 2011

Le Rouch


Buenos días madame- Le dijo el mozo del restaurant- ¿me permite su abrigo?.

Buenos días! Si, por supuesto.


Descubrió su espalda al sacarse el abrigo, ese abrigo que tanto adoraba porque se lo regaló su esposo. Andaba con esa falda que su hijo siempre le decía que ocupara. Una blusa muy sencilla pero elegantisima. Se veía hermosa. Los colores de su maquillaje resaltaban sus ojos azules, tanto que parecía ver un agua cristalina. Hasta se podría decir que podías observar lo que pensaba, sentía o meditaba. Su alma. Sus labios con ese rouch rojo que ella siempre compraba, siempre.


Se sentaron en una mesa. Les entregaron el menú. Nunca había ido a un restaurant francés. Desde niña le gustaba salir, y en esta ocasión con su esposo a celebrar su aniversario. Que más feliz podía estar.

Ella siempre decía que le gustaba salir porque se sentía libre, desligada de sus obligaciones. Y al ir a un restaurant era para ella un alivio de no cocinar. Que bien cocinaba ella, aunque nunca le gustó. Sólo cocinaba para alimentar a sus hijos y a su esposo que llegaba cansado y con hambre del trabajo. Aprendió a regañadientes a cocinar lo esencial y luego crear comidas. Nunca le gustó hacer repostería. Totalmente no era como sus hermanas ni sobrinas. Ella era libre, libre como las mariposas. Recordó de pronto las salidas de niña con su padre. Cuando llegaba con envases de los alimentos para hacer rabiar a su hermano mayor. La consentida.


Ese fue su mejor aniversario. Al llegar a su casa se encontró con sus hijos felicitándolos por sus 30 años de matrimonio. Que deslumbrante se veía ella. Él nunca rió tanto antes, ni estuvo tan feliz. Ese momento ella lo guardó en su corazón, para siempre. Cada vez que tenía un problema familiar, recalcaba ese momento para terminar la discusión.


Pasaron así los años, ella siempre con su esposo. Seguían enamorados, un tanto mas gruñones, pero enamorados. Ella cada día colocaba ese rouch que le gustaba tanto, y su esposo le celebraba su hermosa cara. Su cabello fue perdiendo tinte con los años. En un principio lo ocultaba con tinturas. Siempre le tuvo temor a envejecer. Amenazaba a sus hijos con matarse antes de verse anciana.

Su esposo en cambio, esperaba paciente los años. Como quién espera a un amigo. Él con su pelo cano mientras ella lucía su cabellera con color aún por sus tratamientos capilares. Esa era la principal pelea entre ambos, él afirmando su posición de que la edad no importaba. Ella dudaba que aún la quisieran siendo vieja. Un día ella sufrió un ataque al corazón. Llegaron al hospital sus nietos, hijos y su esposo.

Todos preocupados por ella. Cuando el doctor dejó que ingresaran a verla, entró su esposo y ella solo le preguntó como se veía y le pidió un favor. Que buscara su rouch y se lo trajera. Su esposo un tanto enojado la iba a retar hasta que se dio cuenta de una lágrima que corría por su cara. Acató con humildad. Esa fue una de las pocas lágrimas que le vieron derramar, ya que siempre fue de muy fuerte carácter y se guardaba todo o explotaba con ira. Casi nunca lloraba.

Al ingresar los demás los recibió con una sonrisa grande y con explicaciones sobre la edad.

Todos la abrazaron, besaron, bendijeron y luego se marcharon. Sólo su esposo permaneció a su lado con el rouch en una mano.


Al siguiente día, ella le pidió a su esposo otro favor: “ Pintame los labios con el rouch”. Su esposo se incorporó diciendo que cuales estupideces decía, cuando un hombre a pintado a alguien. Ella le sonrió como cuando lo miraba en la intimidad. Y él sin palabras no atinó a nada más que hacer lo que le había pedido. Pues el amor que sentía por ella era mayor a cualquier hábito o Concepción Social.

Al terminar ella tomó un espejo. La pintura oscilaba por sus labios como olas en el mar, pero para ella eso bastaba y era perfecto. Le dio un beso en la frente a su viejito y luego comió algo.


Pasaron los días y el doctor le dio el alta. Con advertencias y dietas estrictas. Ella solo sonrió con su cara de desgastada. Al llegar a su casa se sentó en el sofá y pidió su tejido. Uno de sus hijos se le entregó diciendo que no gastará las pocas fuerzas que tenía. Ella solo dijo entre lágrimas que quería terminar el chalequito que le estaba tejiendo a su nieto recién nacido. La dejaron realizar su voluntad. Se despidieron con abrazos y besos de ella y de su esposo. Luego comenzaron a hablar de lo que el médico le dijo a él. Ella desviaba el tema haciendo comentarios sobre sus hijos, sobre recuerdos. Dulces recuerdos. El día de su aniversario en el restaurant francés. Ahí y solo ahí comprendió él que ella entendía tan bien como él lo que sucedía. Ya lo sabes. Sí- respondió. Yo no quiero vivir sin ti- respondió él entre lágrimas- te prometo que nos iremos juntos. Ella solo le sonrió y le besó la frente.


Pasaron las semanas y vivieron más felices que cualquier pareja. Yo no existían enojos. No más iras. No regaños, ni mentiras. Sólo miradas cómplices ante las preguntas de su familia.

Solo luego de irse comentaban su vida. ¡Qué lindos hijos criamos!- decía él. ¡Son gente de bien igual que tú!- decía ella, luego sonreía y le deba un beso en la frente. Ese era su código de decir que estaba feliz con él. ¡Tú no te quedas atrás mi viejita!- decía él con lágrimas en los ojos.


Las fuerzas se le fueron apagando. Ya no se tinturaba el pelo. Era blanco como la nieve. Su cara antes como terciopelo ahora demostraba su edad, pero aún era hermosa. Su paso se hizo lento. Él no quedaba atrás. El dolor lumbar era constante. Ya no usaba su rouch, porque no podía maquillarse ni el viejito tampoco podía hacerlo. Además le deba vergüenza decirle a sus hijas o nietas, y menos a su nuera que la maquillaran. ¡Que dirán de esta vieja!- pensaba.


Una mañana de verano, encontró una nota escrita con letra temblorosa que decía:


mi viejita:


Te amo más que a nada te espero a las 17:30 en la plaza. Te tengo una sorpresa


Siempre tuyo


Tu esposo”


Llena de curiosidad y alegría comenzó el día. Tomó un mate y comió un poco de pan. Se arregló durante horas. Se perfumó bien. Como siempre en su vida compraba perfumes exquisitos no importando su precio. Espero a las 17 horas y salió con cautela hacia la plaza.


Al llegar con 10 minutos de adelanto, se sentó esperando a su viejo. Comenzó a apreciar a la gente que pasaba. Saludó a algunas personas. Saludo a los árboles también. Miró las flores. Y ahí venía su viejito tembloroso con una flores. Ella las olfateó y agradeció el gesto con un sonrisa. Siempre le gustó el romanticismo de su esposo. Luego el viejo le pasó un regalo. Ella llena de emoción como si volviese a ser niña, abrió el sobre. Y encontró un rouch rojo que tanto le gustaba y un espejo. Ella con lágrimas en los ojos le pidió que la pintara. Él accedió. Observo su boca y lo besó en los labios. Luego el la sorprendió diciendo: “Feliz Aniversario”. ¿Cómo?- pensó ella. La que siempre se recordaba de todo había olvidado su aniversario. Se lamentó y pidió disculpas a su viejo. Él le sonrió diciendo que es un regalo que aún lo quiera y no le haya abandonado. Luego ella sintió un ardor en el pecho. Justo ahora- pensó- No puedo dejar a mi viejito. Él la miró y tocándose el pecho dijo: “Ahora sé lo que se siente, como fuiste tan valiente”. Se tomaron sus manos como pudieron. Y ella se apoyó sobre su hombro y el sobre su cabeza. Luego expiraron. Juntos como siempre se prometieron.


De soledad


Tal como lo hacía siempre, él se despertó de su profundo sueño por el televisor previamente programado a las 6 de la mañana con 15 minutos. Tardó 5 minutos en incorporarse, pudo seguir así hasta que una crónica de las noticias matinales le interesó.

Y así, sentado al borde de su cama se encontraba animado viendo las diferentes noticias hasta que anunciaron su temor más grande.


“... en Santiago por la mañana, nos encontramos con una temperatura de 1 grado bajo cero”- dijo la reportera que comenzó a encuesta.


Cómo era posible- se cuestionaba- justo hoy, no podré salir, no debo salir!- exclamó energúmeno caminando en un vaivén interminable por su alcoba.


Se acercó lentamente a la ventana, con un temor y desprecio que no se pueden calcular; luego vio una sombra que se acercaba a través de la neblina. Entrecerró los ojos como gesto de querer observar mejor que era. Esta sombra se acercaba cada vez más rápido y vacilando en cada paso, como las notas de un aprendiz de violín en sus primeras clases. Rudas y quebradas, fuertes y con un vacilar tan obvio y a la vez peligroso. Se acercaba cada vez más. Más y más. En ese instante se dio cuenta que era su hermana que corría. ¿Pero de qué corría?, que podría desesperar a su hermana. La que nunca lloraba cuando caía aún si le ocasionaba una profunda herida; la que fingía una risa para esconder una pena o desilusión; la que cada día me decía: “ no importa hermano, ya pasará todo”; la que un día te fuiste con ese que no vale ni pesa nada, el que te hace sufrir y hace que en tu cara tengas la Aflicción a flor de piel. ¿Por qué te fuiste? Y ahora corres desesperada, con tu cara demacrada y con tus piernas desnutridas, sin fuerza ya de tanto soportar, tus brazos débiles, como si se quebraran con el roce del aire. Detrás tuyo apareció él, con su cara hipócrita llena de ira. ¿Te golpeará de nuevo?. NO! No lo dejes, corre!. ¿Qué hago?, hermana ¿Qué hago?. Saldré a matarlo, si eso. No mejor no, no quiero que me veas así. NO QUIERO QUE ME VEAN ASÍ!, nadie puede verme ahora, no deben.


Seguía observando, iracundo pero sorprendido porque no podía hacer nada. Aunque se resignará a salir no podía hacer nada. Las cosas ya eran así, y así seguirán...Si que seguirán así.


Algo lo hizo suspirar, dentro de tanta tensión. Ese algo era un poco de valentía que se fundía con sabiduría. Una mágica mezcla de lo que es y lo que inventamos, adrenalina con precaución. Corrió desesperado hacia la habitación de sus padres. Si sus padres si que podrían hacer algo. Una lágrima recorrió su cara pulcra hasta caer sobre su hombro, mientras una risa nerviosa se asomaba por sus labios carnosos. Abrió la puerta con agitación.


Papá, mamá!- gritó para despertarlos, luego su cara fue lentamente cambiando esa risa por un grito sordo y potente- NO!.


Se abalanzó sobre los cuerpos de sus padres, acariciándolos como ellos lo hacían antes de decirle “hijo Buenas Noches” o un amoroso “ te amo, hijo”. Su llanto fue tan amargo como el líquido que sale de una cebolla, sintió un nudo en la garganta que casi no lo dejaba respirar, ya no respiraba.

Escuchó a lo lejos como cantaba la Pantoja, que tanto les gustaba a sus padres. “Marinero de luces”. Si esa canción era. Los Domingos en la casa, cantando, bailando, rezando. Yendo a misa desde que eran niños. Su padre riendo de los chistes o gracias que hacia su hermana. Su hermana!. Algo tenía que hacer. Se secó el llanto de sus mejillas, corriendo todo el agua que parecía humectar su cara. ¿Por qué tenía tan seca su cara?. Siempre tuvo una piel seca y delicada, los dermatólogos siempre le recetaban cremas especiales por sus sabañones. El agua desaparecía antes de terminar de delinear los alrededores de sus ojos. Llegó a la puerta. La abrió con una seguridad que nunca antes había experimentado. Desde niño temía hablar en público, no le gustaba que lo miraran, se ahogaba cuando una niña se le acercaba. Tanta vergüenza tenía de que lo conocieran. Su hermana siempre le daba fuerzas y consejos, siempre fue su modelo a seguir. Su hermana la que siempre conversaba con todos, la amiga universal. Ella que siempre lo salvaba de la gente, de las reuniones y de sus pesadillas. Ahora él iría a Salvarla, por primera vez.


Por fin se enfrentaba a su mayor temor, el frío. El que le calaba los huesos y se los destrozaba lentamente como jugando con su dolor. No le importaba ya. Caminaba lentamente con un fin, salvar a su hermana. Al primer paso comenzó a perder el color de su piel, estaba tan pálido que parecía hecho de marfil. Luego vino un juego de colores, su piel comenzó a tornarse de un color entre azulino y violáceo. Cada vez le pesaba más caminar. Sus manos se arrugaban con cada paso. Aún pensaba en su hermana. Ya olvidaba el porque de su caminar. Le vino un temor profundo al recordar el por que no debía salir al frío. Para que nadie se diera cuenta que estaba muerto.