Tal como lo hacía siempre, él se despertó de su profundo sueño por el televisor previamente programado a las 6 de la mañana con 15 minutos. Tardó 5 minutos en incorporarse, pudo seguir así hasta que una crónica de las noticias matinales le interesó.
Y así, sentado al borde de su cama se encontraba animado viendo las diferentes noticias hasta que anunciaron su temor más grande.
“... en Santiago por la mañana, nos encontramos con una temperatura de 1 grado bajo cero”- dijo la reportera que comenzó a encuesta.
Cómo era posible- se cuestionaba- justo hoy, no podré salir, no debo salir!- exclamó energúmeno caminando en un vaivén interminable por su alcoba.
Se acercó lentamente a la ventana, con un temor y desprecio que no se pueden calcular; luego vio una sombra que se acercaba a través de la neblina. Entrecerró los ojos como gesto de querer observar mejor que era. Esta sombra se acercaba cada vez más rápido y vacilando en cada paso, como las notas de un aprendiz de violín en sus primeras clases. Rudas y quebradas, fuertes y con un vacilar tan obvio y a la vez peligroso. Se acercaba cada vez más. Más y más. En ese instante se dio cuenta que era su hermana que corría. ¿Pero de qué corría?, que podría desesperar a su hermana. La que nunca lloraba cuando caía aún si le ocasionaba una profunda herida; la que fingía una risa para esconder una pena o desilusión; la que cada día me decía: “ no importa hermano, ya pasará todo”; la que un día te fuiste con ese que no vale ni pesa nada, el que te hace sufrir y hace que en tu cara tengas la Aflicción a flor de piel. ¿Por qué te fuiste? Y ahora corres desesperada, con tu cara demacrada y con tus piernas desnutridas, sin fuerza ya de tanto soportar, tus brazos débiles, como si se quebraran con el roce del aire. Detrás tuyo apareció él, con su cara hipócrita llena de ira. ¿Te golpeará de nuevo?. NO! No lo dejes, corre!. ¿Qué hago?, hermana ¿Qué hago?. Saldré a matarlo, si eso. No mejor no, no quiero que me veas así. NO QUIERO QUE ME VEAN ASÍ!, nadie puede verme ahora, no deben.
Seguía observando, iracundo pero sorprendido porque no podía hacer nada. Aunque se resignará a salir no podía hacer nada. Las cosas ya eran así, y así seguirán...Si que seguirán así.
Algo lo hizo suspirar, dentro de tanta tensión. Ese algo era un poco de valentía que se fundía con sabiduría. Una mágica mezcla de lo que es y lo que inventamos, adrenalina con precaución. Corrió desesperado hacia la habitación de sus padres. Si sus padres si que podrían hacer algo. Una lágrima recorrió su cara pulcra hasta caer sobre su hombro, mientras una risa nerviosa se asomaba por sus labios carnosos. Abrió la puerta con agitación.
Papá, mamá!- gritó para despertarlos, luego su cara fue lentamente cambiando esa risa por un grito sordo y potente- NO!.
Se abalanzó sobre los cuerpos de sus padres, acariciándolos como ellos lo hacían antes de decirle “hijo Buenas Noches” o un amoroso “ te amo, hijo”. Su llanto fue tan amargo como el líquido que sale de una cebolla, sintió un nudo en la garganta que casi no lo dejaba respirar, ya no respiraba.
Escuchó a lo lejos como cantaba la Pantoja, que tanto les gustaba a sus padres. “Marinero de luces”. Si esa canción era. Los Domingos en la casa, cantando, bailando, rezando. Yendo a misa desde que eran niños. Su padre riendo de los chistes o gracias que hacia su hermana. Su hermana!. Algo tenía que hacer. Se secó el llanto de sus mejillas, corriendo todo el agua que parecía humectar su cara. ¿Por qué tenía tan seca su cara?. Siempre tuvo una piel seca y delicada, los dermatólogos siempre le recetaban cremas especiales por sus sabañones. El agua desaparecía antes de terminar de delinear los alrededores de sus ojos. Llegó a la puerta. La abrió con una seguridad que nunca antes había experimentado. Desde niño temía hablar en público, no le gustaba que lo miraran, se ahogaba cuando una niña se le acercaba. Tanta vergüenza tenía de que lo conocieran. Su hermana siempre le daba fuerzas y consejos, siempre fue su modelo a seguir. Su hermana la que siempre conversaba con todos, la amiga universal. Ella que siempre lo salvaba de la gente, de las reuniones y de sus pesadillas. Ahora él iría a Salvarla, por primera vez.
Por fin se enfrentaba a su mayor temor, el frío. El que le calaba los huesos y se los destrozaba lentamente como jugando con su dolor. No le importaba ya. Caminaba lentamente con un fin, salvar a su hermana. Al primer paso comenzó a perder el color de su piel, estaba tan pálido que parecía hecho de marfil. Luego vino un juego de colores, su piel comenzó a tornarse de un color entre azulino y violáceo. Cada vez le pesaba más caminar. Sus manos se arrugaban con cada paso. Aún pensaba en su hermana. Ya olvidaba el porque de su caminar. Le vino un temor profundo al recordar el por que no debía salir al frío. Para que nadie se diera cuenta que estaba muerto.

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