Buenos días madame- Le dijo el mozo del restaurant- ¿me permite su abrigo?.
Buenos días! Si, por supuesto.
Descubrió su espalda al sacarse el abrigo, ese abrigo que tanto adoraba porque se lo regaló su esposo. Andaba con esa falda que su hijo siempre le decía que ocupara. Una blusa muy sencilla pero elegantisima. Se veía hermosa. Los colores de su maquillaje resaltaban sus ojos azules, tanto que parecía ver un agua cristalina. Hasta se podría decir que podías observar lo que pensaba, sentía o meditaba. Su alma. Sus labios con ese rouch rojo que ella siempre compraba, siempre.
Se sentaron en una mesa. Les entregaron el menú. Nunca había ido a un restaurant francés. Desde niña le gustaba salir, y en esta ocasión con su esposo a celebrar su aniversario. Que más feliz podía estar.
Ella siempre decía que le gustaba salir porque se sentía libre, desligada de sus obligaciones. Y al ir a un restaurant era para ella un alivio de no cocinar. Que bien cocinaba ella, aunque nunca le gustó. Sólo cocinaba para alimentar a sus hijos y a su esposo que llegaba cansado y con hambre del trabajo. Aprendió a regañadientes a cocinar lo esencial y luego crear comidas. Nunca le gustó hacer repostería. Totalmente no era como sus hermanas ni sobrinas. Ella era libre, libre como las mariposas. Recordó de pronto las salidas de niña con su padre. Cuando llegaba con envases de los alimentos para hacer rabiar a su hermano mayor. La consentida.
Ese fue su mejor aniversario. Al llegar a su casa se encontró con sus hijos felicitándolos por sus 30 años de matrimonio. Que deslumbrante se veía ella. Él nunca rió tanto antes, ni estuvo tan feliz. Ese momento ella lo guardó en su corazón, para siempre. Cada vez que tenía un problema familiar, recalcaba ese momento para terminar la discusión.
Pasaron así los años, ella siempre con su esposo. Seguían enamorados, un tanto mas gruñones, pero enamorados. Ella cada día colocaba ese rouch que le gustaba tanto, y su esposo le celebraba su hermosa cara. Su cabello fue perdiendo tinte con los años. En un principio lo ocultaba con tinturas. Siempre le tuvo temor a envejecer. Amenazaba a sus hijos con matarse antes de verse anciana.
Su esposo en cambio, esperaba paciente los años. Como quién espera a un amigo. Él con su pelo cano mientras ella lucía su cabellera con color aún por sus tratamientos capilares. Esa era la principal pelea entre ambos, él afirmando su posición de que la edad no importaba. Ella dudaba que aún la quisieran siendo vieja. Un día ella sufrió un ataque al corazón. Llegaron al hospital sus nietos, hijos y su esposo.
Todos preocupados por ella. Cuando el doctor dejó que ingresaran a verla, entró su esposo y ella solo le preguntó como se veía y le pidió un favor. Que buscara su rouch y se lo trajera. Su esposo un tanto enojado la iba a retar hasta que se dio cuenta de una lágrima que corría por su cara. Acató con humildad. Esa fue una de las pocas lágrimas que le vieron derramar, ya que siempre fue de muy fuerte carácter y se guardaba todo o explotaba con ira. Casi nunca lloraba.
Al ingresar los demás los recibió con una sonrisa grande y con explicaciones sobre la edad.
Todos la abrazaron, besaron, bendijeron y luego se marcharon. Sólo su esposo permaneció a su lado con el rouch en una mano.
Al siguiente día, ella le pidió a su esposo otro favor: “ Pintame los labios con el rouch”. Su esposo se incorporó diciendo que cuales estupideces decía, cuando un hombre a pintado a alguien. Ella le sonrió como cuando lo miraba en la intimidad. Y él sin palabras no atinó a nada más que hacer lo que le había pedido. Pues el amor que sentía por ella era mayor a cualquier hábito o Concepción Social.
Al terminar ella tomó un espejo. La pintura oscilaba por sus labios como olas en el mar, pero para ella eso bastaba y era perfecto. Le dio un beso en la frente a su viejito y luego comió algo.
Pasaron los días y el doctor le dio el alta. Con advertencias y dietas estrictas. Ella solo sonrió con su cara de desgastada. Al llegar a su casa se sentó en el sofá y pidió su tejido. Uno de sus hijos se le entregó diciendo que no gastará las pocas fuerzas que tenía. Ella solo dijo entre lágrimas que quería terminar el chalequito que le estaba tejiendo a su nieto recién nacido. La dejaron realizar su voluntad. Se despidieron con abrazos y besos de ella y de su esposo. Luego comenzaron a hablar de lo que el médico le dijo a él. Ella desviaba el tema haciendo comentarios sobre sus hijos, sobre recuerdos. Dulces recuerdos. El día de su aniversario en el restaurant francés. Ahí y solo ahí comprendió él que ella entendía tan bien como él lo que sucedía. Ya lo sabes. Sí- respondió. Yo no quiero vivir sin ti- respondió él entre lágrimas- te prometo que nos iremos juntos. Ella solo le sonrió y le besó la frente.
Pasaron las semanas y vivieron más felices que cualquier pareja. Yo no existían enojos. No más iras. No regaños, ni mentiras. Sólo miradas cómplices ante las preguntas de su familia.
Solo luego de irse comentaban su vida. ¡Qué lindos hijos criamos!- decía él. ¡Son gente de bien igual que tú!- decía ella, luego sonreía y le deba un beso en la frente. Ese era su código de decir que estaba feliz con él. ¡Tú no te quedas atrás mi viejita!- decía él con lágrimas en los ojos.
Las fuerzas se le fueron apagando. Ya no se tinturaba el pelo. Era blanco como la nieve. Su cara antes como terciopelo ahora demostraba su edad, pero aún era hermosa. Su paso se hizo lento. Él no quedaba atrás. El dolor lumbar era constante. Ya no usaba su rouch, porque no podía maquillarse ni el viejito tampoco podía hacerlo. Además le deba vergüenza decirle a sus hijas o nietas, y menos a su nuera que la maquillaran. ¡Que dirán de esta vieja!- pensaba.
Una mañana de verano, encontró una nota escrita con letra temblorosa que decía:
“ mi viejita:
Te amo más que a nada te espero a las 17:30 en la plaza. Te tengo una sorpresa
Siempre tuyo
Tu esposo”
Llena de curiosidad y alegría comenzó el día. Tomó un mate y comió un poco de pan. Se arregló durante horas. Se perfumó bien. Como siempre en su vida compraba perfumes exquisitos no importando su precio. Espero a las 17 horas y salió con cautela hacia la plaza.
Al llegar con 10 minutos de adelanto, se sentó esperando a su viejo. Comenzó a apreciar a la gente que pasaba. Saludó a algunas personas. Saludo a los árboles también. Miró las flores. Y ahí venía su viejito tembloroso con una flores. Ella las olfateó y agradeció el gesto con un sonrisa. Siempre le gustó el romanticismo de su esposo. Luego el viejo le pasó un regalo. Ella llena de emoción como si volviese a ser niña, abrió el sobre. Y encontró un rouch rojo que tanto le gustaba y un espejo. Ella con lágrimas en los ojos le pidió que la pintara. Él accedió. Observo su boca y lo besó en los labios. Luego el la sorprendió diciendo: “Feliz Aniversario”. ¿Cómo?- pensó ella. La que siempre se recordaba de todo había olvidado su aniversario. Se lamentó y pidió disculpas a su viejo. Él le sonrió diciendo que es un regalo que aún lo quiera y no le haya abandonado. Luego ella sintió un ardor en el pecho. Justo ahora- pensó- No puedo dejar a mi viejito. Él la miró y tocándose el pecho dijo: “Ahora sé lo que se siente, como fuiste tan valiente”. Se tomaron sus manos como pudieron. Y ella se apoyó sobre su hombro y el sobre su cabeza. Luego expiraron. Juntos como siempre se prometieron.
